El Francés, un tipo de rostro amable aunque con una mirada genéticamente penetrante de esas que atraen mientras repelen, te acogen mientras te hielan, tenia los ojos azules como los de un perro de Alaska que le confería al mismo tiempo un aspecto inhumano. Andaba con algún enredo en su oficina cuando me llamó. Lo vi algo inquieto pero no le pregunté. Yo nunca pregunto sino es estrictamente necesario. Es mejor asi, la voluntad de saber es peligrosa. Algunos por causa de esta se volvieron locos, otros alcanzaron algún renombre,los menos, otros, están muertos. Los más de este mundo renunciamos a ella para tener una feliz y tediosa vida.
¿Qué hay Verdugo? -dijo el Francés sin mirarme. No era mi verdadero nombre, sólo uno más, y su forma lejos de mi país carecía de sentido.
Tengo que... -el timbre del teléfono interrumpió la frase.
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